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De ¿Qué haría Jesús?

imagesLa frase abreviada ¿Qué haría Jesús? (What would Jesus do?) se popularizó en los Estados Unidos en la década de los 90, convirtiéndose en un refrán común entre los cristianos. Estos la usaban para referirse a actuar de una manera tal que cada acción que se ejecutase fuera una demostración de amor en sí misma, tal como lo hacían las acciones de Jesús.

  Esta tiene origen en el planteamiento de John Wesley, un famoso teólogo y pastor inglés del siglo XVIII, que introdujo al estudio de la religión un concepto nuevo que denominó la perfección cristiana. Según él, la perfección cristiana se alcanza en el momento en el que la vida de un ser humano es regenerada y renovada por el espíritu santo. Si bien el uso de la palabra perfección puede parecer exagerada (pues los seres humanos somos imperfectos por naturaleza), es necesario destacar que Wesley no se refiere sólo a la perfección como estado absoluto, sino también a la perfección como el movimiento espiritual que realizan los seres humanos cuando están en la búsqueda del bien. Su espíritu pretende acercarse a Dios a través de las buenas acciones humanas. Tal concepto de perfección cristiana se entiende mejor si alguna vez se ha realizado un compromiso personal con Dios, en el que se le promete y se decide, por sobre todas las cosas, hacer el bien por amor y respeto a Él. Las primeras horas, los primeros días siguientes al compromiso, se acostumbra ser una persona casi carente de defectos, blindada contra el pecado y llena de una voluntad sobrehumana, que toma a  Dios como el principal rector de nuestras acciones y decisiones.

tumblr_m9pi294dAJ1qcnn8do1_500El objetivo de la pregunta ¿Qué haría Jesús? es tomar a Jesús como un ejemplo moral que nos ilustre e sindique cual debe ser la opción correcta entre un conjunto de opciones, bien sean de fácil o difícil discernimiento. Es una herramienta que vehicula el movimiento espiritual de la perfección cristiana. Lo mejor de esta frase es que puede ser aplicada en todo momento. Se trata de planteársela en cada una de las decisiones comunes y corrientes en la vida hasta formar el hábito, y aún después de él. Personalmente lo he hecho algunas veces (esas mismas en las que estoy poseído por la perfección cristiana) y me ha ido de maravilla.

El gran problema que involucra la frase ¿Qué haría Jesús? es que esta está directamente vinculada con la noción que tengamos sobre Él. Para poder aplicar la frase de forma correcta, es necesario que lo conozcamos bien. Conocer a Jesús implica conocer su vida, sus enseñanzas y su legado. A pesar de que todo esto se encuentra en la biblia, leerla sólo de forma literaria (aunque cuente historias interesantes) sólo ayuda a conocer a Jesús de forma superficial. Entenderlo y amarlo requiere de un esfuerzo personal, espiritual, y sobre todo íntimo. No se conoce a verdaderamente a Jesús por aproximación, sino por reflexión. Por ello,  antes de preguntarse ¿Qué haría Jesús? habría que preguntarse primero ¿Quién es Jesús? o mejor dicho, preguntarle a Él ¿Quién eres tú? Si no se hacen (y se intentan responder) estas dos preguntas primero, la pregunta de ¿Qué haría Jesús? parecerá irrelevante y absurda. Ocurrirá lo que le ocurre a las señoras que defienden sus malas acciones con refranes divinos. Dicen: “Al que madruga Dios lo ayuda” mientras roban de madrugada limones a la vecina, o “Jesús dijo: Ayúdame que yo te ayudaré” mientras se adelantan en una cola (lo cual es algo muy típico de este país) o mientras reciben un vuelto de más. Lo que no saben es que Jesús no dijo nunca esas cosas, pero lo peor es que no les interesa saberlo. Ya han construido una noción de Jesús a partir de las interpretaciones de la palabra que han escuchado de los vecinos, de los refranes oxidados y vueltos a oxidar durante generaciones, de los mensajes del padre Alberto, de las asociaciones inverosímiles que realiza su mente entre el milagro de la escarcha y la silueta de Jesús en un pan bolillo, y de todo lo que creen que Jesús es. Es una lástima. Cyanide-and-Happiness-Que-haria-JesusEstas gentes (de las cuales hago un estereotipo, pues estoy consciente que no todas son así) no aprenden aún que la idea que se tenga de Jesús no debe construirse con retazos de rumores, sino con mucha, mucha reflexión y con mucha buena fe. Conocerlo, esta vez, no se trata de entender, sino de sentir. Para responder ¿Qué haría Jesús? hay que conocerlo, pero no a través de la racionalización de Jesús como categoría, sino a través de la experiencia no-sensorial. A Jesús hay que conocerlo para vivirlo o viceversa. No se puede vivirlo sin conocerlo, pues caemos en el error, pero tampoco se puede conocerlo sin vivirlo, pues nos estancamos en el mero ensayo.

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Del suicidio según Albert Camus y yo

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El tema del suicidio es abordado no sólo por la filosofía, sino también por la psicología. He tenido que enfrentarme a él en el estudio del existencialismo, y qué difícil se me ha hecho. ¿Por qué se suicida la gente? ¿Es suicidarse una solución? ¿Hay que ser valiente o cobarde para suicidarse? Creo que todos los que han pensado el tema, se han planteado también estas interrogantes, pero hay una en particular que me dio vueltas en la cabeza durante años. ¿Suicidarse es lógico o es absurdo?

He decidido, para sentir que hago algo útil, compartir parte de mi tesis de grado en esta entrada de blog. Acá analizo el suicidio desde el punto de vista filosófico y según las ideas de Albert Camus, quien es el escritor que más desarrolla el absurdo y el suicidio como categoría filosófica. En su obra El mito de Sísifo, Camus define al absurdo como el silencio con el que el mundo responde cuando se le pregunta por su sentido. La razón humana busca respuestas coherentes y racionales, pero el mundo carece de ellas. La realidad no es blanca, ni negra, ni profunda, ni superficial, la realidad simplemente es; cualquier adjetivo que le acompañe surgirá como el producto de la interpretación lógica que realizará el ser humano. Esto deja al mundo en una especie de estado ambiguo; las posibilidades que nos deja son infinitas, pero la trascendencia detrás de ellas es nula. “La vida es una pasión inútil[1]. La existencia es lo que uno quiera y pueda construirse, pero hágase lo que se haga, no se escapa del hecho de que la muerte pauta el fin de nuestra existencia, y de que nunca existirá una diferencia trascendente para el universo entre estar sentado alimentando pájaros en una plaza o entre luchar por la independencia de un pueblo durante toda la vida. Los esfuerzos realizados por el ser humano para encontrar el significado absoluto y predeterminado de la vida dentro del universo fracasarán finalmente debido a que no existe tal significado.

pez_gato[1]Entender el mundo de esta forma es alcanzar un estado de lucidez. El absurdo es un exceso de conciencia, y como tal cambia el espectro de vida. Apreciar el mundo a través de las gafas de lo absurdo transforma aquellas cosas que antes parecían tener sentido en algo contingente y sin importancia. Y es ese el problema con el absurdo; nada importa después de él, puesto que, pase lo que pase, será inevitable que muramos algún día, y que nuestras acciones, que mucha o poca trascendencia pudieron tener sobre algunos hombres, se desvanecerán con el tiempo. Si tal cuestión es así, entonces, ¿Por qué no acelerar el proceso de muerte? Es por eso que El mito de Sísifo comienza de la siguiente manera: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación[2]

Camus postula el suicidio como una posible solución a lo absurdo, pues cuando algo pierde el sentido la reacción más humana es casi siempre abandonarlo. En juego de fútbol, cuando un equipo va perdiendo por treinta y cinco goles en el minuto ochenta y siete, ¿Vale la pena seguir jugando, aún cuando se ha perdido toda garantía y esperanza de ganar? Hasta el fútbol, un deporte que el mismo Camus consideraba hermoso, parece perder el sentido en tal escenario. Sin embargo, que el mundo o un juego no tengan sentido no significa que no valga la pena vivirlo o jugarlo. Abandonar el partido o suicidarse, es ceder ante el absurdo, es perder la oportunidad no sólo de vivir, sino de existir. Suicidarse es un desprestigio a la vida y a sus posibilidades, por más intrascendentes que sean.  Lejos de ser un acto de valentía, equivale a un escape engañoso. Suicidarse es evadir el problema, no enfrentarlo. Postular el suicido como solución ante lo absurdo hace parecer a Camus como un gran pesimista o fatalista, pero no se puede estar más errado. Si bien es cierto que ahondar en la importancia del suicido desde el punto de vista filosófico llama la atención (lo cual, a efectos de suscitar la controversia va de las mil maravillas), no es esto el eje central de su pensamiento. Camus primero pretende el suicidio como solución, pero luego lo repudia y lo descarta, pues el suicidio no es una consecuencia lógica del absurdo.

Fe ciega copiaTambién, repudia la solución teísta del religioso, como la de Kierkegaard. La falta de sentido del mundo, el divorcio que nace entre la conciencia y la realidad, se explican en el hecho de que Dios no existe, por lo que se carece de un punto de vista que lo dictamine. Para Camus, responder con “Dios” a todas las preguntas universales no cura del absurdo al lúcido; más bien le fusila la lucidez. No existe garantía de la existencia de Dios; las revelaciones, las cuestiones espirituales y demás hechos divinos están basados en sensaciones e inferencias, lo que les deja un gran margen de subjetividad e incertidumbre. Esto hace que la creencia en Dios no sea lo más racional que se diga[3]. Esto es a lo que Camus llama el suicidio filosófico, y lo entiende como la aniquilación total de la razón. Es, al igual que en el suicidio, no responder la pregunta ni enfrentarla, sino más bien evadirla. Incluso es en cierta forma hasta cultivar la irracionalidad[4], puesto que equivale a deshacerse de la clarividencia con la que el absurdo nos embiste por no saber cómo manejarlo. Esto no hace a Camus ateo del todo; quiere creer, pero no se encuentra convencido. Por lo tanto, el planteamiento de la fe no le vale.

Por ello, Camus revela que el absurdo no puede ser un final, sino más bien un comienzo. Al absurdo le surgen dos respuestas; el suicidio o la esperanza, y es de esta última de la cual decide hacer apología. A partir de la lucidez de tal espectro interpretativo, el hombre puede asumir de una forma distinta su existencia. Si bien es cierto que el universo es humanamente indigerible por su dimensión, por su condición absurda, y por lo minúsculo del hombre ante él, eso no deshace en el hombre la ilusión de encontrarse o fabricarse algo mejor. El hombre es un ser de posibilidades, y la esperanza es una más de ellas, con la diferencia de que ésta puede inyectarle sentido a la existencia a través de la expectativa. El suicidio no es el camino a seguir porque desvaloriza las cosas de la vida. El hombre esperanzado valora lo que le rodea, así entienda que le es inútil al mundo y también viceversa. Es por eso que Camus rememora a Sísifo, un hombre cuyo castigo es empujar una piedra hasta la cima de una montaña, para luego verla caer y buscarla de nuevo, a fin de repetir la operación por el resto de la eternidad. Los hombres no son distintos de Sísifo; vivir, no en el simple acto, sino con todo lo que involucra en una vida tan construida como la que ofrece la sociedad, no es muy diferente a empujar la piedra por el resto de nuestra vida hasta que la muerte nos separe de ella o hasta que ésta nos arrolle. Sin embargo, Sísifo, ante tal condena eterna, puede que sea feliz a veces, puesto que el hombre puede encontrar placer en una actividad inútil, ya que le hace ser él mismo y le mantiene esperanzado saber que lo que hace depende de sí mismo: “Toda la alegría de Sísifo está ahí. Su destino no le pertenece. Su roca es suya. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos (…) El hombre absurdo dice ‘sí’ y todos sus esfuerzos ya no tendrán término. No hay un esfuerzo personal, pero sabe que es dueño de sus días[5].

Sisifo

La intrascendencia del hombre ante el absurdo es lo más trascendente que puede ocurrirle al hombre. Sin embargo, el hombre necesita menos que eso para ser feliz: “Cada uno de los granos de esta piedra, cadafragmento mineral de esta montañallena de oscuridad, forma por sí sólo unmundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”[6]. El hombre puede resignarse a no vivir la vida, o también puede vivirla a pesar de lo absurdo de la misma, y en esto último consiste la esperanza; en no evadir ni escapar, sino en aceptar y vivir pese a ello. No es lo mismo ignorar el absurdo y vivir la vida, que vivirla consciente de lo absurdo de la misma. Mantener la esperanza termina siendo igual a sostener una actitud de rebeldía ante la vida; rebeldía por negarse a caer en la trampa que el absurdo arroja.

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[1] Aunque es una cita de Sartre, al menos esta vez representa lo que Camus quiso decir. Sartre y Camus fueron compañeros unas veces, y adversarios otras, por lo que ciertas nociones existencialistas son similares entre uno y el otro.

[2] CAMUS, Albert: El mito de Sísifo, Editorial Losada, S. A., Buenos Aires, 1953, pág. 11.

[3] Tal pensamiento ilustra que Camus es en efecto ese hombre incapaz de dar el salto de fe.

[4] Es necesario recordar que Kierkegaard está inscrito por la historia de la filosofía dentro de la tendencia irracionalista, pero no porque su planteamiento sea incoherente, sino porque lo construye en oposición a la sobre-racionalización imperante en la filosofía de su época.

[5] CAMUS, Albert: El mito de Sísifo, Editorial Losada, S. A., Buenos Aires, 1953, pág. 61.

[6] Ibid. Pag 61.

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Del principito (por enésima vez)

Pocos libros son tan profundos y simples a la vez como el principito.Si bien ya se ha escrito y se ha dicho todo lo que ha podido escribirse y decirse sobre él, sus numerosos enfoques para con la vida no dejan de sorprenderme. Me asombra principalmente que sea capaz de entretenerme a mis 26 años de la misma forma en la que solía hacerlo cuando lo leí a los 10. Bueno, no de la misma forma, sino con la misma intensidad.

La idea de un pequeño príncipe que viaja de planeta en planeta conociendo gente y cosas sobre la vida le permite a un niño identificarse con la historia. Conocer seres extraños en pasajes intergalácticos es la fantasía de muchos niños. Sin embargo, también la idea de que un adulto (el aviador) se extravíe después de volar y se encuentre con un niño así, es conmovedora. Pero para los adultos hay mucho más que conmoción; El principito es un libro que nos canta muchas verdades en la cara, pero lo hace de una forma tan sutil que a) no nos percatamos que es con nosotros y decimos “Sí, es verdad, hay gente así” o b) nos percatamos que es con nosotros, guardamos silencio y nos sumimos en la autocrítica. ¿Saben cuán difícil es hacer que un adulto haga esas dos últimas cosas?

Los personajes que habitan los distintos planetas, son ejemplo de todo aquello que hemos sido alguna vez. El rey es un hombre enfermo de poder, el cual subyuga sus órdenes con tal de sentir que se hace su voluntad. El vanidoso sólo desea ser admirado, el geógrafo es el típico erudito alejado de la realidad; y así. Personalmente, el que más y mejor me toca es el que aparece menos en la historia; es el bebedor (y no es porque sea alcohólico ni nada) El bebedor no es solamente una persona con problemas de bebida, sino alguien con un serio problema de voluntad. Quizá este es uno de los mejores señalamientos que el escritor hace sobre los vicios humanos; nuestra pereza es más grave que nuestra ignorancia. Sabemos cómo adelgazar y no adelgazamos, sabemos cómo ser mejores personas y no lo somos, sabemos cómo ser mejores estudiantes y no estudiamos, cómo ser mejores padres e hijos y, y así, todo por un problema de voluntad. Y por la misma culpa ello nos genera, nos encerramos en una especie de círculo vicioso igual que el del bebedor, el cual bebe para olvidar la vergüenza que le da beber. Por eso es importante hacer lo que nos dice el principito que hagamos con los Baobabs; hay que arrancarlos de raíz, porque si echan raíces pueden destruir-nos el mundo.

            Otro personaje que me intriga es el farolero. Debe apagar y encender el farol cada minuto, para dar nacimiento al día y a la noche en su planeta. Desafortunadamente, éste sólo dura un minuto, por lo que nunca tiene tiempo para descansar. El farolero es obediente porque jamás deja de cumplir su deber, pero ello le desgasta y le hace infeliz. No sé como ocurre, pero muchas veces las personas quedamos anclados en situaciones similares, en las que la obediencia para con otra cosa nos induce a ser desobedientes para con nosotros mismos. Muchas veces, sobre todo en países subdesarrollados, nos deshacemos y desgastamos en un oficio que nos alimenta el cuerpo, pero no el alma. Yo muchas veces he sido un educador cansado de educar, y tengo colegas contadores que se han cansado de contar, conozco madres que se han cansado de criar, e incluso comerciantes que se han cansado de comerciar. Está bien cansarse; pero una cosa es estar cansado y otra es estar hastiado. La primera se cura con vacaciones, y la segunda… pues no sé, se me ocurren varias cosas. Creo que el tedio es uno de los grandes males del hombre, y viene precisamente por eso, por hacer cosas que debemos hacer pero que no son de nuestro agrado. Por hacer sin motivación cosas que deberían hacerse única y exclusivamente motivado. Si se va a ser esclavo de responsabilidades, hay que tratar de elegir de cuáles.  

Hay una constante en el cuento que Saint-Exupéry no dice textualmente pero que parece proponer, y es la de mantener una actitud de niño por encima de todas las cosas. Su crítica constante a los adultos, la burla de sus estereotipos, es precisamente eso. Pero por niño no hay que entender este ser clásicamente malcriado, indeciso y juguetón; no. El estereotipo de niño que Saint-Exupéry describe a través del principito es la de alguien curioso y ocupado por aquellas cosas que tienen sentido para él, y que inciden directamente sobre su felicidad. El adulto comete muchas veces el error de desvalorizar lo que es importante para el niño, pues lo reconoce como algo intrascendental. Olvidamos que en lo que a dimensiones se refiere, su problema es igual o más grande que el de nosotros. Por eso el principito se aboca a cuidar su flor, a limpiar sus volcanes y a pensar en el bozal para su cordero dibujado. No dejar de ser niños es no dejar de hacer aquello que nos gusta. Punto.

            Pero no todo es crítica. Hay dos personajes que derrochan sabiduría y que nos dejan dos mensajes claros. El primero es la serpiente, la cual con su picada lleva al principito de vuelta a su planeta a cuidar su flor. Ella representa la muerte, el mayor misterio del hombre. Pero hay algo curioso acerca de la muerte como enigma en este libro. Cuando el principito le pregunta por qué siempre habla en forma de enigma, esta le contestó “yo los resuelvo todos”. Esta es una forma de entender la muerte, como un enigma que resuelve todos los demás, bien porque los responde o porque los extingue. Aunque creo que en este caso Saint-Exupéry se refiere a la primera y no a la segunda. Cuando la serpiente muerde al principito, éste muere aquí en la tierra, pero se sobreentiende que regresa a su planeta. Lo que interpreto de ello es que con nuestra muerte física nuestra alma se acerca a un lugar donde los enigmas no importan y donde nos acercamos a la felicidad; por eso el principito regresa con su flor, a cuidarla y a ser feliz con ella. Se me parece a la idea de un cielo. Y la muerte como una acción liberadora parece ofrecer una visión piadosa y necesaria de la misma.

            El otro personaje sabio es el zorro, el cual se domestica con el principito. El zorro llama a domesticar “crear un vínculo”, es decir, desarrollar amor por alguien, hacerlo importante en nuestra vida y hacernos importantes en la de él. Se hacen amigos, y luego se despiden, con lo que el zorro le deja el mensaje más importante de toda la obra: No se puede ver bien sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos (En Francés, on ne voit bien qu’avec le coeur. L’essentiel est invisible pour les yeux)

Esta frase; lo esencial es invisible a los ojos, se puede interpretar (y trato de no exagerar con el número) de unas ochenta maneras distintas. Se la he preguntado a un par de personas y todas me han dicho algo parecido, pero jamás lo mismo. Para mi, la frase le deja demasiado a nuestros niños si aprenden sobre ella. En un mundo tan visual como el nuestro, sería curioso pensar que aquello que no se puede ver es lo que da la felicidad, sobre todo porque mientras más avanza la tecnología más cosas hay para ver; incluso, ya hay hasta formas distintas de ver (hablo de la tecnología 3d). Mis colegas se deshacen en alabanzas por el Video Beam, y eso está bien, porque la verdad es un recurso instruccional completo. Pero creo que demasiado para ver nos deja con poco para imaginar, y cuánta falta nos hace la imaginación. La televisión nos enseña a imaginar, claro, pero a imaginar de forma similar o parecida a las cosas que vemos en ella. (¿Equivaldrá esto a decir que nos aliena el pensamiento?) Por eso esperamos amores que triunfen al final, esperamos héroes que nos salven en el último momento, esperamos que un policía descubra el crimen a través de un indicio casi imperceptible, o que un doctor de con el diagnóstico y nos salve de las garras de la serpiente. A la final vemos que la vida no es así, y nos entristecemos. Pero la vida es como es, y no se parece a la de que se ve en una pantalla. Muchas veces, pero no todas, la televisión resulta un desprestigio a la vida misma.

Si así fuese, estamos yendo (como siempre) por el lado contrario. La idea no es tan descabellada y no debe desecharse por ingenua tan prematuramente. Que lo esencial sea invisible a los ojos no quiere decir que la felicidad radique en ser ciego, sino en aprender de las cosas que pueden sentirse, no sólo verse. Y por sentir no me refiero a las sensaciones percibidas por los sentidos, sino a los sentimientos. Las sensaciones, parafraseando a Hume, no son más que impresiones recolectadas por nuestros sentidos. En cambio los sentimientos, que vienen de las sensaciones, nos trastocan las emociones e inciden sobre nuestro estado anímico. Esa es la médula espinal de la felicidad, y es una patada en el hígado para los empiristas y epistemólogos. La ciencia se encargó de comprender el mundo, Marx dice que hay que transformarlo, yo del principito aprendo que hay que aprender a ser feliz en él. Es un sabio consejo porque los niños deben aprenderlo para vivir bien, y los adultos debemos recordarlo porque lo olvidamos.

            El principito es un libro precioso, que educa de muchas formas. El amor que el principito siente por la flor, a la cual no sabe cómo querer por lo delicada que es, enseña cómo siempre debemos tener un propósito sencillo y sano para vivir. El hecho de que el principito no renuncie nunca a una pregunta una vez que ya la ha formulado, nos invita a no perder la curiosidad jamás, a preguntar y a conocer sobre el mundo. Podría hasta afirmar que ello nos incita a desarrollar una actitud de curiosidad filosófica hacia la vida, pero ya ha sido suficiente filosofía por hoy. Sólo me queda esperar que pasen diez años y leerlo de nuevo, a ver qué lecciones tiene para enseñarme otra vez.

 

Pd: Pienso en Saint-Exupéry, en su muerte. ¿Qué cosa tan sucia es la guerra, que les quita la vida a los hombres que escriben semejantes cuentos?

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Del respeto



El director de la escuela de Filosofía de la Universidad del Zulia, profesor Lino Morán, responde de esta forma a un comentario de un ex-estudiante suyo (que soy yo).  En el mismo orden de ideas, le contesto, siempre apelando a la prudencia y a la tolerancia. Que sirva de ejemplo. Acá dejo la respuesta.

Profe, Con todo el respeto… ¿Qué le pasa? Me llama pobre chico, miserable de alma, insinúa que responderme es perder el tiempo (lo que denota su vocación como profesor) ¿Y además me tilda de célula fascista? Profe, qué pena contestarle, y espero que no se vea muy grosero de mi parte, pero como lo he dicho desde hace mucho, pero MUCHO tiempo, “lo más difícil del respeto es respetar a los que no te respetan”. Revise mis comentarios profe, revise mi facebook entero si quiere, en TODA la campaña, aparte de Caprilista, no fui más que decente y honesto, crítico y conversador, nada más. Me parece triste que usted, que trabaja en la insigne Universidad del Zulia (en la que quisiera trabajar algún día… aunque parezco ponerme la soga al cuello con esto) me conteste de forma tan grosera, como no lo hizo nadie nunca. Usted tuvo maestros, y lo enseñaron a ser de izquierda. Claro; los maestros no siempre son gente, los maestros son los momentos que nos trastocan el pensamiento para que seamos capaces digerir la realidad, pero lo que es más importante, de transformarla. Aprendemos del hambre, de la riqueza, del luto, de la miseria, y hasta (figúrese usted) de la educación. Todas las experiencias son maestras de vida porque de ellas aprendemos a ser lo que somos. Imagino que usted es de izquierda porque tuvo experiencias que lo vincularon a ello; entonces son mis experiencias, las que me han hecho un hombre de no-izquierda (que no es lo mismo que ser de derecha, gracias a Dios los filósofos somos capaces de captar la diferencia). Cuando, en tiempos de revolución (año 2004) mi padre murió en la cárcel de Barquisimeto víctima de un motín, entendí que por primera vez un problema que se le salía de las manos al estado venezolano me afectaba directamente. Cuando, en tiempos de revolución (año 2010) a mi hermana la tuvieron en la emergencia del hospital coromoto durante 2 DÍAS, cuando su estado de salud ameritaba un cuarto, (y cuando se lo dieron porque resulta que al final “conocíamos” a alguien, una palanca pues) fue que entendí que el “amiguismo” al que el Estado está acostumbrado casi le cuesta la vida a mi hermana (y al final se la costó).

Profe Lino, cuando yo digo “Nos ganó un Estado completo” Es algo que va más allá de las elecciones. A mi el Estado me ha ganado muchas veces. En tiempos de revolución me cortó la luz de mi casa MUCHAS VECES cuando mi papá murió porque no teníamos cómo pagar. ¿Sabe cuanta comida perdí? ¿Sabe cuántas veces le rogamos al tipo de enelven que coño, que entendiera, que tal… y lo único que hacía era pedirme plata porque es a lo que los ha acostumbrado el estado? ¿Entiende lo que le digo? Lo mejor (o peor de todo) es que… YO NO LE GUARDO RENCOR AL ESTADO POR ESTAS COSAS!!! Porque sé que su culpa es tan indirecta como inapelable. La decencia con la que siempre fui enseñado a responder no me lo permite. Por eso profe, desde mi pobrechiquez (SIC) y desde la miserabilidad (SIC) de mi alma, le pido respeto profe, pues no hay mejor manera de predicar que con el ejemplo. Es triste que el prestigio se haya convertido nada más que en el nombre de un chocolate.

Y profe, por favor, respete, no porque yo sea mejor que usted (que no lo soy… pero tampoco soy peor), o no porque yo sea yo y mi circunstancia, sino porque soy Venezolano profe, como usted. Y si un día después de que ganaron (que los felicito) me va a irrespetar… !Con qué buen pie vamos a comenzar! ¿No cree usted? No llame fascista al que no piensa como usted, que yo no llamo ignorante al que no piensa como yo. Yo considero al fascismo de Pinochet (de Pinochet, y no de Chile) como algo asqueroso, deprimente y hasta cancerígeno; es uno de los peores episodios de la historia de los pueblos de América Latina. Considerar los asesinatos y las violaciones a los derechos humanos como necesarios para justificar el orden de la nación (cuando en verdad era un movimiento disfrazado antipopular, antidemocrático y antivitalista) era la negación propia de Chile. El llamado fascismo Chileno partía afuera de Chile… qué ironía. Pero lo grave no está en la derecha, está en Pinochet y su exceso, en la venda de sus ojos, en la sangre fría de sus venas, en pulso fino de su mano derecha. Una ideología profe, es una deformación de la realidad; y tanto puede deformarse que alcanza para justificar barbaridades como las que cometió Pinochet, como las que comete USA en el nombre de su patria, como las que comete Cuba en el nombre de su revolución; incluso, como las que cometo yo (según usted) en mi Facebook. Gracias a Dios la revolución cubana no hace tanto ruido, entonces, para evitar la pólvora y el estruendo acude al éter y al pañito. Admito también que la revolución es más romántica y contagiosa que cualquier modelo… Pero si se viviera del amor y de los errores, todos nosotros seríamos adolescentes. Entienda profe, que según lo que he aprendido, la falla no está en la revolución; está  en los hombres que la llevan a cabo, que se han convertido en boliburgueses, que no se comprometen con su proceso, sino que se comprometen con ellos mismos. No lo digo yo; lo dicen de sus propias filas. La mayoría de los que lideran el proceso se han vuelto (o son) corruptos, y se llenan los bolsillos pero eso sí, llenando un poquito los del pueblo pa que no se vea feo. Y si siguen esa tendencia, si siguen sirviendo ese ejemplo, ¿Adonde vamos a parar? Como venezolano (que es lo que dice mi cédula, no dice apátrida ni fascista ni nada, creo que la suya debe decir lo mismo) tengo derecho a elegir a quien quiera, y aparte; tengo derecho a ser respetado en la misma medida que tengo el deber de respetar. He cumplido con lo último, y cómo me gustaría vivir en un país en el que se cumpliera con lo primero… pero eso depende de nosotros mismos. ¿No es así? Por eso profe, respete, y no sólo a mí, sino a todo el que no piense como usted. No es para que le vaya bien, porque sé que le irá bien sino lo hace, sino para que cumpla con el deber ser.  Y disculpe si ha leído esto y “ha dedicado perder” diez minutos con mis barbaridades. Me parecía justo un derecho a réplica. Disculpe si lo pongo acá; no busco fama, es que la audiencia juzga y compromete,  y se meta o no se meta, nos salva de la impunidad.

@filtrosofia. 

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De la tecnología y el reduccionismo

Entre la máquina y la herramienta existe una diferencia clave. Mientras que la primera ayuda al hombre en el desempeño de una labor específica, la segunda le automatiza la tarea, minimizando su esfuerzo y tercerizando su participación. Una carretilla, por ejemplo, permite desplazar objetos de un tamaño y peso determinados con facilidad, mientras que un carro permite desplazar objetos – incluso personas – de un tamaño y un peso mucho mayor al que la carretilla permite, y requiriendo un esfuerzo físico mucho menor.

Las grandes comodidades de la vida han venido al mundo gracias a la tecnología. Ésta se ha encargado de facilitar y simplificar las tareas a los seres humanos, de tal forma que con el menor esfuerzo se logra la mayor productividad posible. La diferencia que existe entre la imprenta y el escriba es abismal; aunque ambos producen/reproducen libros, hay una gran diferencia entre la calidad y cantidad de la producción de uno a la cantidad y calidad de producción del otro.  

Y se trata de eso, de exactamente eso. La tecnología, cuanto más compleja se hace, más simplifica las actividades del hombre, lo que de a poco podría terminar simplificando los quehaceres de su vida. Se ha convertido en una especie de principio del progreso tecnológico. Las fotos son más inmediatas que los retratos pintados, las distancias se hacen más cortas en autos que en bicicleta, y así, surgen numerosos ejemplos. Las actividades se automatizan, lo que hace que el hombre no realice gran esfuerzo para cumplir su objetivo. Con mover palancas, pisar pedales, halar gatillos y pisar botones, se consiguen arar varias hectáreas de tierra 10 veces más rápido que tomaría hacerlo con herramientas convencionales. Éste tipo de ejemplos demuestran que el progreso no sólo pretende hacernos la vida más cómoda, sino también más inmediata, pues en la misma medida que las cosas sean simplificadas, nos tomará menos tiempo llevarlas a cabo.

En las primeras unidades de lógica es menester hablar de la diferencia entre lenguaje natural y lenguaje artificial, entendiendo el segundo como aquel lenguaje que se utiliza con fines determinados en momentos específicos. El ejemplo de los semáforos es típico: los colores son una forma ingeniosa e inmediata de advertir al que maneja que es momento de detenerse, de esperar, o de disminuir la marcha. Sería demasiado trabajoso que el semáforo, en vez del clásico sistema rojo-amarillo-verde, mostrase un cartel monocromático con las señalizaciones: “adelante” o “deténgase, o “alerta”. Los miopes podrían confundirse, distinguir la palabra a la distancia es mucho menos inmediato que percibir el color y punto.  

Esto deja claro entonces, que mientras más inmediato sea el mundo, mejor. Esta característica, la de la inmediatez, pareciera ser una consecuencia de la tecnología o de la modernidad; la masificación de las industrias trajo consigo la rapidez de la elaboración de sus  productos, de forma tal que en menos tiempo se puedan hacer muchos más – productividad y eficacia -. Sirva otra vez el ejemplo de los escribas y el de las imprentas: el escriba no es nada más que una imprenta lenta, mientras que la imprenta es más bien un escriba rápido – y preciso -. Será más útil para el hombre y para la sociedad la imprenta que el escriba, porque la primera puede hacer en mucho menos tiempo y de forma más exacta más libros que el segundo.

He dicho que pareciera que la inmediatez fuese una consecuencia de la tecnología, pero no: es más bien al revés; la tecnología es una consecuencia de la inmediatez. El fin de la tecnología es hacer más fácil la vida del hombre – y por más fácil también se puede entender más inmediata -.  Las herramientas tenían como fin facilitar la labor del hombre; la tecnología es un medio muy bien desarrollado que colabora con ese fin.

Es evidente que el progreso tecnológico aún no encuentra su techo – si es que lo tiene -, pero ya ha logrado hacernos la vida bastante cómoda y sencilla. En este año 2012, es posible que una persona envíe un documento de más de 300 páginas desde Maracaibo hasta Tegucigalpa en cuestiónes de segundos, sin que el emisor ni el receptor tengan necesariamente que salir de su país. También, es posible que un pintor famoso vaya a desayunar en París, a almorzar en Italia, vea una película encima del  Mar Atlántico, cene en Miami y duerma en California. Aunque no todas las personas tengan acceso a tan figurante itinerario, la mera posibilidad deslumbra; la tecnología ha logrado reducir la duración de nuestras actividades – tediosas y no tediosas – brindándonos la oportunidad de realizar varias actividades al mismo tiempo, o varias el mismo día.

El progreso tecnológico es la manifestación auténtica de la inmediatez y de la facilidad Y quizá sea esto, lo que se ha venido calando en nuestro juicio, lo que ha subordinado nuestra forma de pensar, lo que ha condicionado nuestra forma de hacer. Tal manifestación nos ha acostumbrado a lo fácil, de tal forma que las cosas que aún la tecnología no puede resolver, se nos hacen demasiado tediosas y demasiado laboriosas, y por lo tanto, como su elaboración se ha convertido en un acto ajeno a nuestra naturaleza – porque se nos hace algo natural apelar y apostar por lo inmediato – las dejamos sin hacer, o las dejamos de hacer. ¿De qué nos sirve tener todas las comodidades del mundo para escribir un documento de 300 páginas y enviárselo a un doctor en ciencias políticas ansioso por leerlo, si nos invade el tedio al momento de escribir?


 

El ejemplo de escribir es un poco personal, pero existen tantos como personas. La persona que quiere adelgazar, puede – gracias al auto – desplazarse hasta el gimnasio, puede – gracias a los equipos de sonido o a los auriculares – escuchar música que le motive en el camino o durante su ejercicio, puede – gracias a la imprenta, al internet, o a la radio – tomar nota de una dieta apta para su deseo, puede – gracias a las poleas, palancas y demás herramientas – hacer ejercicio a su gusto, o en su casa. E incluso aún,  en el más extremo de los casos, puede – gracias a la medicina y sus avances sobrehumanos – adelgazar mediante el bisturí – aunque no todos tengan la solvencia económica que requiera -. Son, a decir verdad, demasiadas posibilidades, demasiadas facilidades para hacerlo; en cambio, el que está descontento con su peso decide quejarse porque no tiene carro para ir al gimnasio, porque le da pereza irse en taxi o en transporte público, porque no le gusta la música del lugar adonde va, porque no cree en las dietas, porque el ejercicio le parece monótono, y porque las operaciones le dan miedo. A la final, tantos medios disuelven los fines. Nuestra voluntad está condicionada por su contexto, porque lo que queremos/debemos hacer, requiere de un esfuerzo mucho mayor al que estamos acostumbrados. Pregunto de nuevo, ¿De qué nos sirven tantos medios, si nos quedamos sin alcanzar nuestros fines?

Presumo que en tiempos anteriores, cuando sólo había una o dos formas de hacer las cosas, se hacían de forma diligente y sin trabas. Enviar una carta era cuestión de escribir sobre papel con pluma, y enviarla era cuestión de usar el sistema de correos, o de lanzar la carta dentro de una botella al mar. Resumir las actividades del día era cuestión de llevar un diario y dedicarle tiempo al final de la jornada, y no de actualizar status en las redes sociales.

Poco a poco persigo el punto de vista que me atañe; el del escritor, puesto que nosotrs también hemos sido víctimas de este mal. Es más sencillo condensar sabiduría en 140 caracteres que en 140 páginas; y no sólo es más sencillo, sino que el lector – a la final – es más agradecido, porque su mismo tedio tecnológico le ha entumecido el interés por leer textos prolongados. El escritor se ha acostumbrado a escribir poco, porque a) tantos medios implican demasiadas distracciones, por lo que su naturaleza no está acostumbrada a invertir tanto tiempo en una actividad, y se distrae b) le deprime no ser leído, puesto que el lector, como dije anteriormente, está acostumbrado a no leer c) es víctima del tedio tecnológico.

La inmediatez y la facilidad han sido siempre cuestión del hombre; los animales no comparten tal cualidad. Naturalmente, los pájaros carpinteros vuelan de rama en rama y se alimentan de la fruta de los árboles, y no han decidido - aún, y por las razones obvias - cambiar su forma de alimentación ni industrializar su labor, y lo han venido haciendo así desde hace años. Estas cualidades del hombre, que se manifiestan a través del progreso científico – y por ende, tecnológico – se han inmiscuido tanto en su vida, que han cambiando lentamente su forma de pensar y de actuar con respecto a las épocas anteriores. Señalo – aunque no con tanto ímpetu – los libros de biología de Serafín Mazparrote de nuestra educación básica, como víctimas y/o victimarios de tal hecho. La definición de un término se encontraba conceptualizada, definida y delimitada en unos particulares rectángulos amarillos, por lo que el estudiante, al momento de estudiar, aprendía de memoria el contenido de los populares “cuadritos amarillos” y se daba por satisfecho. Este tipo de detalles – no culpo al libro, el cual era muy completo en contenido – bien repartidos por el resto de los textos escolares y por el internet, nos acostumbran a saciarnos la curiosidad con poco, dejando de lado el verdadero contenido de la cuestión. Decir que la energía hidroeléctrica consiste en aprovechar la fuerza del agua para mover unas grandes turbinas que generen energía eléctrica es explicar sólo el comienzo, pero con la curiosidad mal acostumbrada al reduccionismo, nos quedamos allí.

Y esto, encaminado a lo que me ataña, es lo que le ha ocurrido al educador, y por otro lado, también al escritor. El reduccionismo, en su labor sintetizadora, muchas veces se desprende la profundidad de lo que reduce en pro de rescatar las formas esenciales y principales de la cuestión en cuestión. Pretende delimitar un concepto, un principio, o una categoría, pero sin querer sacrifica su fondo. Es como tomar una fotografía a un pozo profundo: entendemos y reconocemos el pozo, e incluso percibimos su negrura, pero jamás entendemos qué tan profundo es. Lo peor; es que si nos dan a elegir, nos quedamos con la polaroid del pozo, y no con la experiencia real de conocerlo.

Cabe hacerse la pregunta; ¿Es tan fuerte la influencia de la tecnología que hace hasta al escritor menos escritor – en cantidad – y menos lector al lector? ¿Es tan grande su alcance, que ha condicionado a los escritores y lectores a leer poco y a escribir poco? No quiero pensar que sí, pero casi no puedo pensar que no. Como hombre con ligero sobrepeso que soy, no adelgazo aunque tengo los medios necesarios y suficientes para hacerlo, como licenciado en filosofía que soy, tengo todos los medios para escribir – la importancia de escribir para el filósofo la medité en la entrada anterior - y no escribo. Como ser humano que soy, tengo todos los medios posibles a mi alcance para dejar un día la computadora, las redes sociales, las ataderas tecnológicas – y las costumbres que arrastran -, y salir y hacer todo lo que siempre he querido - y he podido – hacer, pero no lo hago. Triste; pero al menos me consuelan dos cosas: Primero: todas las personas que conozco – incluso hasta mis ideales – hacen lo mismo que yo, son víctimas igual que yo, y se acostumbran igual que yo. Y segundo; no siento que este tedio de las simplificaciones me deshumanice. La deshumanización – y caigo otra vez en el reduccionismo – es el acto de hacerse menos humano, de dejar de ser humano poco a poco o bruscamente; el tedio, la pereza, el fastidio, la dependencia por las máquinas y todas las consecuencias que surgen del gran progreso tecnológico, no son males sufridos por animales ni por plantas, sino sólo por el hombre mismo. Hablar de deshumanización por ser víctima del tedio es hablar concretamente de humanos, no de animales.

Aunque quizá sí sea hablar de engranajes…

 

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¿Por qué no escribimos?

Mi primer trabajo en la escuela de filosofía fue sobre la Apología de Sócrates, de Platón. Leerla se me hizo fascinante, explicarla en clase, adictivo – por el complejo de profesor – pero escribir sobre ella… no tanto. ¿Cómo iba a estar yo a la altura de tales circunstancias?

Si en aquel entonces alguien me hubiese dicho que todos mis compañeros eran nuevo ingreso, y que para escribir sobre un filósofo no era necesario parecerse a él en su expresión – cosa que me aconsejó la profesora Susana cuando le entregué un trabajo sobre Heidegger -  quizá hubiese estado más tranquilo, porque parte de la presión que me impedía escribir con tranquilidad era generada por diversos motivos infundidos por mi propia inseguridad y inexperiencia – Ejemplo: “No tengo nada TAN interesante que decir sobre esto por más que lo encuentre interesante”. O “No tengo nada que aportar: el autor lo ha dicho todo, y lo que diga va a parecer redundante”. O “Lo va a leer un profesor de filosofía, ¡Lo hará pedazos con su crítica!”. O “!Debo hacer algo perfecto! Así que meditaré bien qué decir y cómo decirlo” “No sé como comenzar”, entre otras.

Saqué 18, entre el trabajo escrito y la exposición. Me sentí tranquilo, y me dio seguridad para sentirme a tono con la carrera, pero argumentos así son evidencia de la gran cantidad de razones que se nos anteponen antes de escribir algo; y pesan tanto, que terminamos por no hacerlo.

Esto es irrelevante en otras profesiones, pero para los del oficio humanístico, tales como historiadores, sociólogos, letristas, comunicadores, y esencialmente filósofos, ¿Qué tan grave es no escribir?

Decir que el filósofo está formado para escribir es como decir que el contador está formado sacar cuentas; es demasiado ambiguo. Sin embargo, algo hay de cierto en que el contador saca cuentas – eso sí, en su mayoría complejas y titánicas por la cantidad de números que manejan y por la importancia de las mismas – y en que el filósofo escribe… aunque no, no tanto. El quehacer de cada profesión persigue un fin específico. El contador saca cuentas para algo, y el filósofo ha de escribir entonces paraalgo. No quiero definir aquí cuál es la labor del filósofo en la sociedad actual – para no perder el hilo, más que todo –  pero su raison d’etre no reside en escribir, sino eninterpretar. Escribir es sólo una de las formas de comunicar su razonamiento a otros. Si bien se presume que Sócrates no escribió palabra alguna y aún así forma parte de la historia de la filosofía, es porque sus acciones han trascendido en las palabras de otros. Escribieron ejerciendo su filosofía de vida – cosa que aplicaría sólo para postulados éticos y existenciales-, y llegaron a nosotros a través de los libros de otros. Sin embargo, los graduandos y aprendices de filósofos de mi contexto, que no escribimos, no siempre llevamos una vida tan polémicamente filosófica ni mucho menos tan importante como para que nuestras acciones escriban la filosofía del presente.

De todas maneras, los no-escribas tenemos una salvación: la docencia. El contador que se dedica a enseñar a otros no necesariamente certifica ingresos ni lleva nóminas de empresas, aunque sabe como hacerlo y lo explica a los demás. Transmite su conocimiento en un aula de clase, ergo siente que no lo desperdicia. El filósofo docente hace lo mismo, y aunque como sujeto interprete las cosas del universo de una forma particular en comparación con el resto, se dedica a enseñar lo que otros escribieron, asomando de cuando en vez su opinión, y sintiéndose satisfecho con algún que otro congreso, con tertulias emocionantes, y con pequeños ensayos privados. La docencia, que por experiencia propia – cuando se trata de filosofía – es sumamente gratificante, es una labor tan hermosa como necesaria, porque si bien es difícil enseñar a filosofar, resulta bastante útil encontrar expertos en la materia que faciliten las herramientas para entender y analizar lo que por nuestra propia cuenta nos hubiese llevado mucho más trabajo.

Algunos filósofos se dedican a comprender a otros. Se hacen expertos en Heidegger, en Hegel, en Marx, y llegan a conocerlos, comprenderlos y explicarlos como la palma de su pie. En la ecuación “sujeto que interpreta al mundo” suplantan “mundo”por otro filósofo, o por “momento histórico”, y se hacen eruditos en tal área. No es más o menos filósofo el que se dedica a comprender a otros, pero – en una opinión muy personal – sí lo es aquel que no presta su conocimiento vasto a otras personas o otros filósofos, para su ulterior uso o desuso.

¿A qué me refiero con esto? Es simple. Kant pudo ser un filósofo más sistemático y completo de lo que lo fue, pero si no hubiese escrito una palabra – y nadie hubiese escrito sobre él – su conocimiento no formaría parte de la historia de la filosofía, y no hubiese influenciado a otros pensadores de la forma en la que lo hizo, por más clases que impartiese y más vidas que tocase. Si Max Brod no hubiese traicionado a Franz Kafka y no hubiese publicado sus escritos, la historia de la literatura hubiese seguido su curso, pero se hubiese perdido de un autor original, interesante, y por sobre todas las cosas, raro – para bien o para mal -. No sabemos cuántos Nietzsches nos hemos perdido porque no quisieron escribir.

¿Qué ocurre con el filósofo que no escribe? No ocurre nada, pero quizá ese sea el problema. Unamuno habla del anhelo a la inmortalidad que sienten los artistas. Buscan perpetrarse en el tiempo, dejar huella, marcar pauta. Quizá el filósofo no padezca de este mal tan sano, porque la labor del artista es expresarse, y la del filósofo es interpretar y emitir juicio de su interpretación. ¿Qué pretendo decir con esto? Que la tarea del artista es una cosa que comienza en él y termina en otro, mientras que la del filósofo comienza con él, y en él puede terminar. Si el Zaratustra Nietzscheano no se hubiese hastiado de su sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, y no hubiese bajado de la montaña, no hubiera dejado de ser un gran filósofo, pero, ¿De qué nos sirve la filosofía si decidimos ser egoístas con ella? Tal vez el contador se hizo un profesional de la contaduría para no ejercerla; le hacía feliz saber todo sobre ella. Tal vez al licenciado en filosofía le ocurre igual; es feliz siendo profesor de filosofía, estudiante de filosofía, aprendiz o erudito de la filosofía, pero no filósofo.

Pero, un momento. ¿Entonces para ser filósofo, hay que escribir?

De seguro la respuesta es sencilla, y yo, en mi humilde ignorancia, le doy demasiadas vueltas. Para ser filósofo no hay que escribir, necesariamente. Sin embargo, el que un filósofo no escriba, ni divulgue ni publique, nos deja la misma sensación que nos deja un joven de dos metros de altura y de complexión atlética que no se dedica al basket simplemente porque no lo hace feliz. No se le obliga, pero qué pena. Se puede no escribir y llegar a viejo siendo un filósofo interesante, original y único. Se puede idear un sistema filosófico que pudiera desencadenar un momento histórico importante en la historia de la filosofía sin escribir nada, e incluso se pueden dedicar los últimos años de la vida a enseñar filosofía a los nietos; a explicarles nuestros conocimientos – por esa costumbre que tienen los ancianos de contar su pasado porque no les pasa nada más interesante en el presente – y a contagiarlos de curiosidad. Y así, algo dejaríamos de nosotros en ellos, pero toda nuestra filosofía, pasaría desapercibida, y el mundo se la perdería. No pasa nada si esto ocurre, digo, pero qué lástima.

La diferencia entre el filósofo que no escribe y el que sí, es la urgencia que siente este último de decir las cosas. Zaratustra dice: “tengo la necesidad de que mis manos se extiendan”, y por eso baja a dar lo que sabe. El filósofo que no escribe, pone mil trabas, como yo las puse al hacer mi primer trabajo en la facultad. “No tengo nada interesante que decir”. O “Todo lo que se me ocurre está dicho”. O “No sé como comenzar”, o “Poco a poco voy escribiendo, por ahí tengo algo”, o “espero a la musa”, o “o “no tengo tiempo”, o “no tengo tranquilidad”, o “después lo haré” – Procrastinar debe ser la más popular de todas – o la peor: “Me resigné, porque entendí que yo no soy de los que escriben”.

Y está bien. El filósofo no se forma sólo para escribir, en la misma medida que el contador no se forma para contar, aunque de cierto modo tenga algo que ver con elloDe todas maneras, para los que no escribimos el castigo nos llega sólo, cuando nos hacemos filósofos muy completos en nuestra mente, y observamos como filósofos incompletos trascienden – si es que acaso eso es posible -. Pero el filósofo incompleto tiene una ventaja sobre el otro; escribe. El pensamiento del incompleto tendrá posibilidades de pasar a la historia, y el del completo será ignorado por el colectivo con el pasar de los años, y no llegará a nutrir la historia de la filosofía, tan sólo por el simple hecho de que escribir – o de divulgar -, no fue la razón por la cual se estudió filosofía, o por cualquier razón que se invente para contestar la pregunta: ¿Y por qué no escribes?

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¿Por qué estudié filosofía?

Los que pretendan encontrar aquí una apología a la filosofía como carrera académica, aún tienen tiempo de cerrar este blog; en este artículo no defiendo a la filosofía de los desprecios que sufre por su mala fama, ni mucho menos hago hincapié en su indispensabilidad para la sociedad. Este artículo sólo resume las particularidades que me llevaron a estudiar filosofía como carrera. Escribo esto, porque – al menos en mis tiempos – casi nadie estudiaba filosofía por voluntad o vocación. Preguntar: ¿Y… por qué estás aquí? a cada estudiante de filosofía, era obtener una respuesta distinta en cada caso. Cuando a los estudiantes de medicina, de ingeniería, de artes plásticas o de música se les hace esa pregunta, es posible resumir todas las respuestas en una sola: porque me gusta. Cuando se les hace a los estudiantes de filosofía, es posible obtener respuestas como esta: 

I

Estudié filosofía por error. Yo quería estudiar Comunicación Social, Idiomas Modernos, Administración, Contaduría pública, o incluso Computación; pero fui un vago en durante todo mi bachillerato, y mi promedio era insuficiente para otra cosa que no fuese filosofía – quizá para bibliotecología también, pero no se me ocurrió en ese entonces -.

Justo antes de introducir los cinco códigos de mis carreras universitarias predilectas, una muchacha con la cual hice amistad durante toda la mañana, me dijo: – “Mete filosofía.  En serio. Eso no lo mete nadie. Después te cambias, mete Filosofía. Si estás seguro que no te va a dar el promedio para estudiar lo que quieres, es lo mejor que puedes hacer”.

Y por inseguro – como siempre – le hice caso. Pasé todo un mes completo recibiendo consejos de familiares adultos, de conocidos ejemplares, de estudiantes de Luz, y hasta de mí mismo, y ninguno había dicho algo parecido. Por culpa de los boletines del liceo pensaba que filosofía era psicología; así que, en lo que sería el peor silogismo de mi vida, deduje:

Filosofía es Psicología.

Psicología de cuarto fue fácil.

Filosofía será fácil… Además es para cambiarme.

Coloqué el código de Filosofía como tercera opción, por detrás de Comunicación Social Audiovisual y Periodismo Impreso. Arrojé el cartoncito del CNU a la cajita con más resignación que esperanza, y tomé el taxi – porque era clase media-baja, y no usaba el transporte público – hasta la casa.

Pasaron las semanas y compré “La Verdad” el domingo correspondiente. Para sorpresa mía, el listado me dejaba fuera; “Sí chamo, ni en filosofía salí loco, ¿Y ahora?” Mis oportunidades de estudiar una carrera privada eran pocas – mi status clase media abandonaba su carácter de justo medio – y Un Nuevo Tiempo aún no inauguraba su plan de becas JEL.  Así que, para mantenerme activo, con mucho sacrificio pagué la preinscripción y la prueba de admisión en la Universidad Católica Cecilio Acosta, para estudiar Comunicación Social. Fue una prueba interesante la cual aprobé con creces – cosa a la que no estaba acostumbrado – lo que me hizo pensar: a) ¿Será que sí soy inteligente pero no lo había descubierto en el liceo? b)  ¿Será que es una carrera/prueba demasiado fácil? c) ¿Será que ambas?

II

Un día de febrero, El señor Jorge Luis Lugo, antiguo jefe de tesorería de la Alcaldía de Maracaibo, esperaba el café caliente que su secretaría traía a su escritorio todas las mañanas. Negro, humeante, sin azúcar, y sobre todo a la hora; el café de la señora Flor era un clásico imperdible para él, como lo llega a ser el desayuno en la cama para los enamorados. Este día del que les cuento, Jorge Luis saludó a Flor, sorbió el café, abrió el diario, leyó un par de columnas y lo dobló sobre la mesa.

Pero la señora Flor, seguía en la habitación, como esperando.

-          ¿Qué fue Tuti?

-          Licenciado… Ay licenciado, ayúdame licenciado…

-          ¿Pero qué pasó Flor? Cerrame la puerta. ¿Qué pasó?

-          No nada licenciado, qué va a pasar. Es mi sobrino Licenciado Lugo, mi sobrino.

-          Pero ya va… No lloreis Flor, ¿Qué le pasó? ¿Necesita plata?

-          No licenciado, cómo va a ser eso. Usted sabe que yo nunca le pido dinero a menos que sea para mi hija. Es que mi sobrino no entró en La universidad, no salió en el listado, y está desesperado porque no tiene donde estudiar, y yo no hallo qué hacer licenciado, no hallo qué hacer. Imagínese; con este sueldo que yo tengo no le puedo pagar una bicha de esas privadas donde estudia la gente esa.

-          ¿Qué no salió en donde? ¿En LUZ?

-          Si, en Luz, el metió en humanidades, pero no salió.

-          Esos coños e madres siempre andan con esa molleja, negándole el cupo al pueblo. Nada más quieren que estudien los de ellos, pa que nada más tengan cobres ellos. Por eso es que Chávez los carga a monte, con las otras universidades, como si esa verga fuese la única verga donde pudieran estudiar los muchachos nojoda.

-          Yo sé licenciado, yo sé. Por eso le digo. Es que… licenciado, yo sé como es todo. Usted sabe… yo no le tengo ni que explicar, cómo se bate el cobre allá. Pero bueno, mi sobrino no salió, y ahora está jodío. Por ahí presento una prueba en la del Padre Yamarte, pero esa es muy cara licenciado.

-          No Tuti, ve: no te preocupéis. Yo voy a hablar con Gian Carlo pa’ que te le consiga un cupito por ahí pa lo que sea pal sobrinito tuyo. Ahí yo le digo a él, no lo llamo ahorita porque vos sabeis que está trabajando, pero ahorita cuando vaya a almorzar… es más, le caigo allá Tuti, me acordais, pa’ decile que te haga algo por ahí. Vos sabeis que cuando le diga que es pa’ algo bien ese no se va a poner con vergas ni nada. Vos sabeis como somos todos aquí que nos ayudamos entre todos y todo.

-          ¡Ay gracias licenciado Lugo!. ¡Gracias licenciado! ¡De verdad gracias! ¡Dios te lo pague mi amor! ¡Ojalá amor! Haceme todo lo posible, vos creeis que ese catire diga que sí?

-          Verga, es el alcalde que molleja, una verga debe poder hacer.

III

Un par de semanas después, con la fotocopia arrugada de un papel presuntamente importante, fui por órdenes de mi tía a la Mezzanine del edificio “Villa Luz”. Como buen menor de edad que se precie, iba acompañado de mi madre, y a ella la acompañaba su tinte rojo, una bata china, y la tenacidad de joven transformada  en casi-terquedad de anciana. Por eso, al abrir la puerta, rezaba más porque ella no hiciese una alharaca que por obtener el cupo.

Tuve dos muchachas por delante. Una se fue a Letras, y la otra a Biología.

-          Siguiente. Ajá chamín.

-          Buen…

-          Buenas, mire yo soy la mamá de él, de Rafael. Él es Rafael Burgos, nosotros venimos a buscar un cupo.

-          Dame el papelito.

Aplanó la copia sobre el escritorio. Estuve a punto de irme, como todas las veces que estoy a punto de hacer algo y no lo hago. Volteó el bolígrafo y comenzó a llenar un formulario.

-          Filosofía, ¿no?

-          La verdad es que yo quería estudiar Comunicación Social.

-          ¿Qué? ¿Comunicación Social? ¡No!

-          Bueno, yo pensaba qu…

-          Para comunicación Social no hay cupos. NO-HAY-CUPOS. Vergación, ¿Tendré que pégalo afuera?

-          Disculpe.

Esperé un tiempo prudente para volver a hablar. Luego dije:

-          Yo metí filosofía como carrera. Fue mi tercera opción, ¿por qué no salí?

-          Verga chamín, no sé. Debe ser que no la metiste. ¿Metiste filosofía?

-          Si. Yo la metí.

-          … Debe ser que no la metiste. Porque ve, me quedaron quince cupos de filosofía. Quince. Aquí los tengo ve. Con vos van dos, ahora me quedan trece.

-          Pero yo la metí.

-          ¿Pero no te estoy diciendo que me quedan quince cupos? ¡Quince! Eso fue que no la metiste. No la metiste.

-          Ok. Disculpe.

Para mi fortuna, mi madre no dijo nada. Estaba contenta porque su hijo al parecer entraba a una prestigiosa universidad, aunque por más café que gloria.

-          Tomá pues mijo, te sale estudiar Fi-lo-so-fí-a. Andá pa humanidades, antes de marzo, pa que comencéis.

-          Gracias, señor.

Y ya el resto es historia. De tener que soportar la pregunta del profesor René Arias el primer día de clase –“¿Vinieron a una carrera que no saben que es y ni siquiera buscaron en el diccionario qué significaba?” – pasé a condensar parte de la sabiduría de personas que nacieron siglos antes que yo, y que a pocos le interesan – aunque eso no la haga ni mejor ni peor elección -. Estudié filosofía porque no tuve más opción – aunque un existencialista me condenaría por decir eso -. Estudié filosofía por el café mañanero de mi tía, por la insistencia de mi madre, y por el miedo a la inactividad. La estudié por varias – y pocas – razones pero ninguna es una razón netamente filosófica.

Menos mal que quise responder por qué y no para qué, porque creo que hubiese tenido muy poco que decir.

Rafa

22/12/11

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YO JOVEN, YO VIEJO.

Comencé a escribir cuando tenía 16 años. Recuerdo que mi primer cuento contaba la historia de un joven educado pero maltratado por la vida, que con mucho esfuerzo y un par de lágrimas conseguía el amor de la chica más popular de su clase – nada más cursi y trillado que eso -. En aquél entonces sólo había leído un par de cuentos de Horacio Quiroga, otro de Oscar Wilde – el ruiseñor y la rosa, si mal no recuerdo – y Cincuenta años de soledad, de Gabriel García Márquez. Quise leer los otros cincuenta pero extravié el libro; ya a esa edad reflejaba mi descuido.

Repasé mi cuento al terminarlo, y emocionado, escribí un poema al día siguiente. Luego, un par de canciones. Después, escenas cortas -  de cien o doscientas palabras, cuando mucho -. Pasó el tiempo, y leí a Ernesto Sábato, a Rómulo Gallegos, a Eduardo Blanco, a Jorge Isaacs, a Homero, y terminé por fin los otros cincuenta años de soledad, con otra edición que compré. Entre mis diecinueve y veinte años, me atreví y escribí “La muerte de Gaspar”, la que considero mi primera novela. Es la crónica de un asesinato fallido, narrado en primera persona. Sólo una de mis ex novias alcanzó a leerla, y bien por amor o por otra cosa, la encontró interesante y me animó a publicarla; corrijo, me animó a publicar siquiera algo de los cientos y picos de escritos que tengo, y que releo, edito y destruyo a mi gusto.

-          Es que, no puedes pasar toda la vida escribiendo cosas sin que sean publicadas. Eres bueno Burgos, ¿Por qué no vas a una editorial y tratas de publicar algo? ¿O lo haces tú mismo, pagándote el libro, y poco a poco te vas dando a conocer? Publica la novela. Es buena. Muy-buena.

-          No y no. Es imposible. Que escriba mucho no quiere decir que sea bueno. Y que sea bueno no quiere decir que me publicarán. Y si me publican, tampoco querrá decir que me van a leer. Prefiero salvarme del esfuerzo y del fracaso, y dedicarme a escribir solamente. No pienso vivir de esto igual. Algún día llegará la oportunidad, en todo caso.

-          Las oportunidades no llegan solas Burgos.

-          Escribir tampoco.

A mis veinticinco, he leído quizá cinco veces más que lo que había leído cuando tenía diecinueve. Han pasado por mis ojos obras de Sartre, Dostoievsky, Saramago, Platón, V.C. Andrews, Shakespeare, y hasta de J.K. Rowling. El caso es que leo mucho más, pero escribo mucho menos. ¿Por qué?

Ni todos los libros del mundo pueden responderme esa pregunta. Cuando comencé, no tenía un ordenador que me facilitase las cosas. Escribía a mano, en cuadernillos delgados con espirales deformes, bajo la luz azul horrorosa del alógeno de la sala, y aún así escribía. Ahora, cómodo en una silla acojinada, con la gran facilidad que me ofrece la tecnología para escribir – y para ser leído – resulta que a mis ganas no les da la gana de escribir. ¿Por qué? ¿Será que tanta lectura me vuelto tan crítico que ya no confío en mi propio talento? – Si es que acaso lo tengo, claro -. ¿Será que la vida entre tanto quitarme gente y ponerme otra, me dejó cansado y sin inspiración para siempre?

Hace poco leí de nuevo mi primera –y única – novela completa, “La muerte de Gaspar”. ¡Qué valiente era en ese entonces! Criticaba, describía, narraba. Era un buen escritor. Era mejor que lo que soy ahora, por el simple hecho de que me atrevía a escribir. Creo que Benedetti tiene razón cuando dice que los jóvenes son los que deben manejar y reinar la tierra. Los adultos, con la excusa de que tenemos experiencia, hemos tomado las riendas del mundo y lo hemos convertido en un desastre; al menos los jóvenes tienen agallas y confianza para reconocer los errores y virar hacia otro lado. Ellos tienen la ingenuidad para hacer, y nosotros el genio para deshacer. De nada nos sirve tener los medios para lograr lo que queremos, si somos demasiado adultos para alcanzar nuestro fin. Y es que de adultos siempre encontráramos excusas para no hacer las cosas, aunque sean verdaderas o no – estoy viejo, estoy cansado, no tengo dinero, me da pereza, me duele la cabeza prefiero descansar, -. En cambio, de jóvenes siempre encontramos excusa para hacerlas, aunque valgan o no la pena.

Actualmente son más los escritos que he destruido que los que he creado, debe ser un indicio de lo buen – o mal – adulto que soy.  

Autoconsejos:

 - Recuperar la juventud; los sueños que nacen en ella no deben morir en ella.

- Recordar que ser auténtico es parecerse lo más posible a lo que uno quiso ser cuando era joven.

- Aprender que por ser adulto, no necesariamente se deja de ser joven.

Rafa

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Del desempleo

“Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”.
(Mt.5.3)

  José tiene veintitrés años. Es licenciado en Administración. Cada mañana al despertar observa la foto de la graduación, en la cual, con una sonrisa grande, sostiene felizmente su título de licenciado acompañado de su madre. El marco del portarretratos se come la fecha apuntada en una esquina, pero la recuerda perfectamente; veinticuatro de abril del dos mil nueve.

Han pasado casi dos años desde entonces. Este lunes, José presiente un día especial, por lo que despierta más temprano que de costumbre. Sus vecinos, su madre, su hermano y sus tíos, aún duermen con la madrugada. Acude al pequeño templo que mantiene en la peinadora de su cuarto compartido, sobre la cual posan numerosos santos, vírgenes, y dioses, como barajitas Panini llenando un álbum del olimpo. Al principio no creía mucho en ellos, pero la desesperación le ha resignado: Reza un padrenuestro, un yo confieso, y tres avemarías, mientras pasa la vista sobre todas las estatuillas y estampitas, como buscando quién le haga el milagro.

Se ducha, se viste, se perfuma. No ha usado la pinta de fin de año desde diciembre, pero cuatro meses después ya le parece tiempo suficiente para reestrenarla. Mientras la pc enciende, engomina su pelo, acomoda el cuello de su camisa, y sonríe. La declamación de su fe lo dejó satisfecho y le da seguridad. Imprime tres resúmenes curriculares, los encarpeta, los besa, los persigna delante del altar, se despide de su madre, y sale a la calle.

A las siete de la mañana, el sol se levanta poco a poco, tornasolando el reflejo de su luz en el brillo de los autos y aumentando su temperatura de a poco. Aún no suda, por lo que mantiene el estilo y la confianza. En la espera de un bus que lo lleve al centro, tres amigos lo saludan, cada uno desde su propio carro. Bocinan, levantan la mano, y siguen su camino hacia su propio trabajo. En poco más de diez minutos, luego de tararear las canciones de la radio, cada uno estará en su escritorio, delante de su computadora, delegando y trabajando.

Mientras ellos finalizan su recorrido, apenas José sube al colectivo. Estudiantes, profesores, trabajadores, obreros, ingenieros, enfermeros, incluso ancianos, se estrujan unos con otros en la unidad por la falta de espacio. Se rozan, chocan, se tocan, y hasta hacen malabares con las miradas y las posiciones para evitarse unos con otros.

Pero José no pierde la esperanza entre el desánimo colectivo; está seguro de que este día sí es. Llega a su primer destino, selecciona una carpeta, acomoda de nuevo su cuello. Sonríe ante el umbral del banco, respira profundo y entra.

Cinco minutos después, evalúa la situación: Déjalo aquí que cualquier vacante nosotros te llamaremos. Merma su ánimo, pero mira al cielo, y un pájaro se cruza ante el sol, eclipsando su brillo. Ante la señal, siente que Dios existe, por lo que espera el otro colectivo y repite la operación. Esta vez logra sentarse debido a la poca afluencia de personas; ya casi a las nueve de la mañana todos están donde deberían estar.

Antes de ingresar al segundo lugar que escogió, agita sus hombros un poco. Se relaja, sonríe. Nota que suda, pero no se alarma; saca el pañuelo perfumado, limpia su frente, sus mejillas, su nariz, y entonces entra.

Pasados dos minutos, reflexiona; a juzgar por el modo en el que la secretaria recibió su resumen curricular, tiene cero oportunidades de trabajar allí. En las puertas de la decepción, camina cabizbajo, se acuerda de Dios, y como autómata se dirige hacia la última vacante posible. Mientras avanza, repasa todos los nombres de todos los santos, de todas las vírgenes y de todas las promesas que realizó en el altar de su casa. Comprime su puño, respira quebrado. Casi llora, pero no. Con ganas de volver a casa, camina hasta la última empresa. Un joven amanerado, le escucha y recibe su folio.

-          Bien. Déjalo por aquí y lo tomaremos en cuenta, muchas gracias.

Pero esta vez, José no abandona el recinto inmediatamente después de entregar la última carpeta. En cambio, mira hacia atrás, y el chico que lo recibió hace una mueca de interrogación a su jefa. Ella levanta la mano quebrando la muñeca, estira los cuatro dedos paralelamente, y agita la mano como si barriese. José interpreta los gestos al ver la última acción: “¿Qué hago con esto?” “Imaginate… bótalo”. Entonces el chico amanerado salva la carpeta, hace una bolita de papel con el resumen curricular, y lo arroja a la papelera.

 Valía más no haberse quedado a ver.

El camino a casa es desastroso. Suda a chorros, y pierde cincuenta minutos en un embotellamiento. Llega molesto, desesperanzado, y no deja de repasar lo incrédulo que fue al pensar unas horas antes que este día sí era.

-          ¿Como te fue?

-          Como siempre.

Se refresca y entra al cuarto. Los santos parecen esperarlo, pero está disgustado con ellos. Y no sólo con ellos; con las empresas, con el chico amanerado, con la gente, con los buses, los carritos, y con el país entero. Tener fe es más difícil de lo que parece.

¿Cuántos José existen en este país? ¿Cuántos despiertan cada mañana pensando que hoy sí es el día, y llegan a casa con las manos vacías y la cabeza llena de malos pensamientos?

El desempleo es una realidad. Sus víctimas padecen una especie de pesadumbre, la cual los hace pensar que a más nadie le ocurre lo que a ellos, pero la verdad es que le ocurre a casi todos. Son potencialmente capaces, pero actualmente inútiles.

El tiempo es oro. Y mientras se le acaba el tiempo – del que ya lleva dos años consumidos – se queda con hambre, con sueños, con ganas, y sin esperanza.  

En este país en el que falta trabajo, pero sobran las ganas de trabajar, los filósofos pintan paredes, los carpinteros se vuelven obreros, los administradores alquilan minutos en una mesa de teléfono, los ingenieros taxean, los electricistas aceptan sobornos, los mecánicos prostituyen su mano de obra, los comunicadores hacen tesis de grado, y los ignorantes gobiernan. 

Lo peor del desempleo es que el desempleado es el que menos tiene la culpa, y a su vez es el que más culpable se siente. 

05/05/2011

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Anonymous asked: Hola, me gustó mucho lo que escribiste sobre tu retiro y la conversación con el cura. Es verdad que hay allí un problemita que no es fácil de manosear; más bien parece que sucede como con los tequeños que son demasiado manoseados por mucha gente y nadie se los come: al final solo mirarlos da un poco de sensación rara en el estómago (no es ni nostalgia ni remordimiento, por si acaso). También me gustó la poesía de Chaplin, me reí mucho. Las demás cosas ya las había leído. Está bien buena la fritosofía.

Gracias Anonymous ;-) Te comento que la conversación es real: de verdad tuve esa conversación con un sacerdote llamado William.

Esta muy bueno el ejemplo de los tequeños, en serio.

En realidad me agrada mucho saber que me leen otras personas aparte de los clásicos. Lo de Chaplin es un copy-paste, pero es que la verdad el tipo fue fantástico. Vendrán más artículos en forma de crónica, en estos mismos momentos publico uno; no tan fritosóficos pero esperemos que gusten, Saludos, muchas gracias y un abrazo.