Del principito (por enésima vez)

Pocos libros son tan profundos y simples a la vez como el principito.Si bien ya se ha escrito y se ha dicho todo lo que ha podido escribirse y decirse sobre él, sus numerosos enfoques para con la vida no dejan de sorprenderme. Me asombra principalmente que sea capaz de entretenerme a mis 26 años de la misma forma en la que solía hacerlo cuando lo leí a los 10. Bueno, no de la misma forma, sino con la misma intensidad.
La idea de un pequeño príncipe que viaja de planeta en planeta conociendo gente y cosas sobre la vida le permite a un niño identificarse con la historia. Conocer seres extraños en pasajes intergalácticos es la fantasía de muchos niños. Sin embargo, también la idea de que un adulto (el aviador) se extravíe después de volar y se encuentre con un niño así, es conmovedora. Pero para los adultos hay mucho más que conmoción; El principito es un libro que nos canta muchas verdades en la cara, pero lo hace de una forma tan sutil que a) no nos percatamos que es con nosotros y decimos “Sí, es verdad, hay gente así” o b) nos percatamos que es con nosotros, guardamos silencio y nos sumimos en la autocrítica. ¿Saben cuán difícil es hacer que un adulto haga esas dos últimas cosas?
Los personajes que habitan los distintos planetas, son ejemplo de todo aquello que hemos sido alguna vez. El rey es un hombre enfermo de poder, el cual subyuga sus órdenes con tal de sentir que se hace su voluntad. El vanidoso sólo desea ser admirado, el geógrafo es el típico erudito alejado de la realidad; y así. Personalmente, el que más y mejor me toca es el que aparece menos en la historia; es el bebedor (y no es porque sea alcohólico ni nada) El bebedor no es solamente una persona con problemas de bebida, sino alguien con un serio problema de voluntad. Quizá este es uno de los mejores señalamientos que el escritor hace sobre los vicios humanos; nuestra pereza es más grave que nuestra ignorancia. Sabemos cómo adelgazar y no adelgazamos, sabemos cómo ser mejores personas y no lo somos, sabemos cómo ser mejores estudiantes y no estudiamos, cómo ser mejores padres e hijos y, y así, todo por un problema de voluntad. Y por la misma culpa ello nos genera, nos encerramos en una especie de círculo vicioso igual que el del bebedor, el cual bebe para olvidar la vergüenza que le da beber. Por eso es importante hacer lo que nos dice el principito que hagamos con los Baobabs; hay que arrancarlos de raíz, porque si echan raíces pueden destruir-nos el mundo.
Otro personaje que me intriga es el farolero. Debe apagar y encender el farol cada minuto, para dar nacimiento al día y a la noche en su planeta. Desafortunadamente, éste sólo dura un minuto, por lo que nunca tiene tiempo para descansar. El farolero es obediente porque jamás deja de cumplir su deber, pero ello le desgasta y le hace infeliz. No sé como ocurre, pero muchas veces las personas quedamos anclados en situaciones similares, en las que la obediencia para con otra cosa nos induce a ser desobedientes para con nosotros mismos. Muchas veces, sobre todo en países subdesarrollados, nos deshacemos y desgastamos en un oficio que nos alimenta el cuerpo, pero no el alma. Yo muchas veces he sido un educador cansado de educar, y tengo colegas contadores que se han cansado de contar, conozco madres que se han cansado de criar, e incluso comerciantes que se han cansado de comerciar. Está bien cansarse; pero una cosa es estar cansado y otra es estar hastiado. La primera se cura con vacaciones, y la segunda… pues no sé, se me ocurren varias cosas. Creo que el tedio es uno de los grandes males del hombre, y viene precisamente por eso, por hacer cosas que debemos hacer pero que no son de nuestro agrado. Por hacer sin motivación cosas que deberían hacerse única y exclusivamente motivado. Si se va a ser esclavo de responsabilidades, hay que tratar de elegir de cuáles.
Hay una constante en el cuento que Saint-Exupéry no dice textualmente pero que parece proponer, y es la de mantener una actitud de niño por encima de todas las cosas. Su crítica constante a los adultos, la burla de sus estereotipos, es precisamente eso. Pero por niño no hay que entender este ser clásicamente malcriado, indeciso y juguetón; no. El estereotipo de niño que Saint-Exupéry describe a través del principito es la de alguien curioso y ocupado por aquellas cosas que tienen sentido para él, y que inciden directamente sobre su felicidad. El adulto comete muchas veces el error de desvalorizar lo que es importante para el niño, pues lo reconoce como algo intrascendental. Olvidamos que en lo que a dimensiones se refiere, su problema es igual o más grande que el de nosotros. Por eso el principito se aboca a cuidar su flor, a limpiar sus volcanes y a pensar en el bozal para su cordero dibujado. No dejar de ser niños es no dejar de hacer aquello que nos gusta. Punto.
Pero no todo es crítica. Hay dos personajes que derrochan sabiduría y que nos dejan dos mensajes claros. El primero es la serpiente, la cual con su picada lleva al principito de vuelta a su planeta a cuidar su flor. Ella representa la muerte, el mayor misterio del hombre. Pero hay algo curioso acerca de la muerte como enigma en este libro. Cuando el principito le pregunta por qué siempre habla en forma de enigma, esta le contestó “yo los resuelvo todos”. Esta es una forma de entender la muerte, como un enigma que resuelve todos los demás, bien porque los responde o porque los extingue. Aunque creo que en este caso Saint-Exupéry se refiere a la primera y no a la segunda. Cuando la serpiente muerde al principito, éste muere aquí en la tierra, pero se sobreentiende que regresa a su planeta. Lo que interpreto de ello es que con nuestra muerte física nuestra alma se acerca a un lugar donde los enigmas no importan y donde nos acercamos a la felicidad; por eso el principito regresa con su flor, a cuidarla y a ser feliz con ella. Se me parece a la idea de un cielo. Y la muerte como una acción liberadora parece ofrecer una visión piadosa y necesaria de la misma.
El otro personaje sabio es el zorro, el cual se domestica con el principito. El zorro llama a domesticar “crear un vínculo”, es decir, desarrollar amor por alguien, hacerlo importante en nuestra vida y hacernos importantes en la de él. Se hacen amigos, y luego se despiden, con lo que el zorro le deja el mensaje más importante de toda la obra: No se puede ver bien sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos (En Francés, on ne voit bien qu’avec le coeur. L’essentiel est invisible pour les yeux)
Esta frase; lo esencial es invisible a los ojos, se puede interpretar (y trato de no exagerar con el número) de unas ochenta maneras distintas. Se la he preguntado a un par de personas y todas me han dicho algo parecido, pero jamás lo mismo. Para mi, la frase le deja demasiado a nuestros niños si aprenden sobre ella. En un mundo tan visual como el nuestro, sería curioso pensar que aquello que no se puede ver es lo que da la felicidad, sobre todo porque mientras más avanza la tecnología más cosas hay para ver; incluso, ya hay hasta formas distintas de ver (hablo de la tecnología 3d). Mis colegas se deshacen en alabanzas por el Video Beam, y eso está bien, porque la verdad es un recurso instruccional completo. Pero creo que demasiado para ver nos deja con poco para imaginar, y cuánta falta nos hace la imaginación. La televisión nos enseña a imaginar, claro, pero a imaginar de forma similar o parecida a las cosas que vemos en ella. (¿Equivaldrá esto a decir que nos aliena el pensamiento?) Por eso esperamos amores que triunfen al final, esperamos héroes que nos salven en el último momento, esperamos que un policía descubra el crimen a través de un indicio casi imperceptible, o que un doctor de con el diagnóstico y nos salve de las garras de la serpiente. A la final vemos que la vida no es así, y nos entristecemos. Pero la vida es como es, y no se parece a la de que se ve en una pantalla. Muchas veces, pero no todas, la televisión resulta un desprestigio a la vida misma.
Si así fuese, estamos yendo (como siempre) por el lado contrario. La idea no es tan descabellada y no debe desecharse por ingenua tan prematuramente. Que lo esencial sea invisible a los ojos no quiere decir que la felicidad radique en ser ciego, sino en aprender de las cosas que pueden sentirse, no sólo verse. Y por sentir no me refiero a las sensaciones percibidas por los sentidos, sino a los sentimientos. Las sensaciones, parafraseando a Hume, no son más que impresiones recolectadas por nuestros sentidos. En cambio los sentimientos, que vienen de las sensaciones, nos trastocan las emociones e inciden sobre nuestro estado anímico. Esa es la médula espinal de la felicidad, y es una patada en el hígado para los empiristas y epistemólogos. La ciencia se encargó de comprender el mundo, Marx dice que hay que transformarlo, yo del principito aprendo que hay que aprender a ser feliz en él. Es un sabio consejo porque los niños deben aprenderlo para vivir bien, y los adultos debemos recordarlo porque lo olvidamos.
El principito es un libro precioso, que educa de muchas formas. El amor que el principito siente por la flor, a la cual no sabe cómo querer por lo delicada que es, enseña cómo siempre debemos tener un propósito sencillo y sano para vivir. El hecho de que el principito no renuncie nunca a una pregunta una vez que ya la ha formulado, nos invita a no perder la curiosidad jamás, a preguntar y a conocer sobre el mundo. Podría hasta afirmar que ello nos incita a desarrollar una actitud de curiosidad filosófica hacia la vida, pero ya ha sido suficiente filosofía por hoy. Sólo me queda esperar que pasen diez años y leerlo de nuevo, a ver qué lecciones tiene para enseñarme otra vez.
Pd: Pienso en Saint-Exupéry, en su muerte. ¿Qué cosa tan sucia es la guerra, que les quita la vida a los hombres que escriben semejantes cuentos?
@filtrosofia




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